Llevo un tiempo fascinado con el fenómeno influencer. Ya sabéis, esa gente que tiene una legión de seguidores y parece que viva de lo que genera con esa gran cantidad de gente que ve sus publicaciones. No sé si lo he definido bien, la verdad es que tampoco sé muy bien cómo hacerlo. Se ve mejor en la práctica que en la teoría. Lo cierto es que esta gente influyente se ha convertido en una pata muy importante del banco de la estrategia publicitaria de muchas empresas. ¿Para qué vas a publicitar tu producto en televisión si un youtuber en concreto cuyo público es, precisamente, tu target no ve la tele y se fía de su criterio? Sobre el papel, es un plan sin fisuras. Un poco lo mismo que usar famosos para promocionar productos de lo más diverso.

Así que me dio por preguntar por Twitter a ver qué era un influencer para la gente. Como siempre, hubo respuestas de lo más diverso. ¡Es lo divertido de las redes sociales! Hubo gente que respondió en serio y hubo gente que se lo tomó a coña. Hasta uno que parece se ofendió y luego borró el tuit. Como digo, fueron respuestas variaditas. Si las queréis leer todas, aquí está el tuit con las respuestas que generó.

¿Qué he sacado en claro de todo esto? Varias cosas y son las que quiero exponer en este post. Tengo que reconocer, de nuevo, que la idea de escribir esto es, básicamente, la cantidad de influencers que me encuentro por Instagram (porque es la red donde abundan) y me fascinan muchos de sus comportamientos. Yo ya he llegado a la convicción de no dar Me Gusta a publicaciones promocionadas, sean reconocidas como tal o no. Ni siquiera a la publicidad nativa que me asalta cada dos o tres fotos. Sé que es un movimiento un tanto estéril, puesto que muchas de estas cuentas viven más del número total de seguidores que de una media de Me Gusta en sus fotos. Aún así, sigo ahí para cotillear (lo reconozco) y seguir haciendo sangre del tema. Es como esa persona que odias, pero no puedes parar de mirar todo lo que hace para poder seguirlo odiando. Un círculo vicioso como una catedral.

Hablaba de las conclusiones que he sacado de preguntar a la gente. Una de ellas, creo que la más clara de todas, es la experiencia y el conocimiento en cierta materia. Un influencer suele ser un experto en cierto campo (el suyo, vamos). Por eso mucha gente sigue los consejos que dan en sus respectivas materias. Por ejemplo, si voy a Japón, pregunto a @luisete (o miro su blog, en su defecto para no darle el coñazo).

Otra idea que he sacado es la de la cercanía. Mucha gente considera la opinión de alguien sobre un tema en base a su experiencia (como he dicho) y a su sintonía con ella. Es lógico. Si sé lo que le gusta a una persona, vas a poder hacer una recomendación bastante más certera. En algunos casos, la toppest influencer es la madre. ¿Se puede decir que la madre de todos los influencers es una madre? Chiste malo, lo siento. Lo que si que es cierto es que tener acceso a una persona con conocimientos es algo importante para dejarte aconsejar.

Similar a la cercanía está la confianza. Digo similar porque lo lógico es que confíes en la gente cercana, pero también te puedes fiar del criterio de desconocidos y/o de gente con la que no tienes un trato habitual, pero más o menos conoces de redes. Es lo bonito de Internet, ¿no? Así que los influencers deben de ser dignos de confianza.

Todo esto me ha llevado a reflexionar sobre el fenómeno que ha provocado que quiera escribir en el blog. ¿Dónde queda el tipo con miles o millones de seguidores? ¿Es realmente un influencer? Ya hemos visto casos que no dejan en buen lugar a estas personas. Son, básicamente, un medio de comunicación masivo. Una gran audiencia que atrae a anunciantes como hace años lo hacían los periódicos, las webs, la televisión o la radio. Puede parecer obvio, pero no se busca que el individuo te invite a probar un determinado producto, se busca ganar visibilidad entre su audiencia. Ya, claro Bori, eso es exactamente lo que buscan. ¡ES JODIDAMENTE OBVIO, CAPITÁN OBVIO! Lo sé, lo sé. Pero entonces, ¿por qué hacer el paripé y no mostrarlo abiertamente? Total, sigue siendo publicidad y todos sabemos que lo es. ¿Por qué revestirlo de esa pátina de realidad que al final es lo que hace más vacío e irreal? ¿Por qué no ir directamente a un anuncio más prototípico? PORQUE LA IDIOSINCRASIA Y LA ETIQUETA DE LAS REDES LO PIDE ASÍ, IDIOTA. De nuevo, más razón que un santo. También creo que es una buena manera de tratar de engañar al público potencial.

Obviamente sé que hay gente que habla de marcas sin tapujos motu proprio. Gente a la que tengo estima y creo que su opinión es sincera. Qué puñetas, yo hablo mucho de marcas y no me pagan por hacerlo. Si voy a comer a un sitio y me gusta, lo cuento. Si no me gusta, no lo cuento. Si la experiencia es horrible, si que lo cuento. No me gusta hacer críticas negativas (aunque como decía Antón Ego son divertidas de escribir) y suele ser un último recurso. A veces son negativas, pero porque se ve un potencial gigantesco, pero escritas sin odio (sí, me justifico). Sea como fuere, si me invitan a un sitio lo digo. No tengo problema. Esto no lo he pagado yo (ni amigos, ni familia). La transparencia es importante para ambos lados de la pantalla.

Tambien se puede dar el caso de generar rechazo. Tanto de la marca como del influencer elegido. En mi caso, soy bastante tajante con las casas de apuestas. No me gustan, me parecen un problema y no quiero relación con ninguna de ellas. En Twitter he bloqueado cualquier casa de apuestas que haya aparecido por mi cronología. No les paso ni una. Hay marcas que me han decepcionado por quién les hace la publicidad, pero no he llegado a dar el paso de dejar de comprar sus productos. Uso desodorantes de Nivea y los anuncia el Real Madrid. No les tengo tanta tirria como para dejar de comprar, pero tampoco me hace demasiada gracia. Un ejemplo claro, ahora que me acuerdo, es el de Cuétara con Cabronazi. La simple elección de ese influencer para una campaña tan gorda a nivel nacional me saca totalmente de comprar sus productos. Si quieren vincular su imagen a la de cierta gente, que sepan que puede explotarles en la cara.

Sigo dándole vueltas al tema y no será la última vez que lo trate en el blog. Me han quedado muchas cosas claras, pero hay otras en las que me gustaría seguir ahondando. Por un lado la fiebre de lanzarse a ser influencer a casi cualquier precio porque lo que hacen es vivir la vida padre (como los youtubers), por otro el caso de los microinfluencers, influenciadores (o influyentes) de nichos que en su comunidad son auténticas referencias, aunque sean pequeños. Ese sería mi caso con muchísimas comillas. Mi temática es «dónde comer en Bilbao». Cada vez menos, tengo que reconocerlo, porque han proliferado mogollón de cuentas de Instagram de comida en Bilbao (y otros sitios, pero eso es otro tema). Ya hablé de mi movida con las redes y los blogs y no quiero repetirme (aunque lo haré pronto). Incluso hay gente que se autodenomina influencer. Sí, yo pongo exinfluencer en la bio de Twitter, pero es irónico. Nunca he creído que lo fuese (aunque puedo admitir el micronicho).

Tengo que reconocer, ya para cerrar, que uno de mis deseos oscuros es recibir una invitación de Samsung para alguna presentación gorda en el extranjero por el placer de decir que no. Es una marca a la que le tengo paquete (ni yo sé por qué) y de la que no quiero saber nada. Ni gratis. Seré estúpido, lo sé, pero oye, al menos me quedaría feliz por rechazar.

Lo dicho, no voy a dejar pasar este tema tan rápido y volveré a incidir en él cada cierto tiempo. Queda abierto el post para secuelas en los que intentaré profundizar más en mis reflexiones. Creo que ha quedado un post un poco desperdigado con cosas por aquí y por allá, pero bueno. Lo importante es dar salida a lo que tengo en la cabeza y si se genera un debate al respecto, mejor que mejor.