Vuelvo con el tema de la semana pasada. Sí, los millenials y el artículo de Antonio Navalón al respecto. Lo hago, entre otras cosas, porque me dejé algún que otro tema en el tintero y para mi es importante comentarlo. De hecho, creo que es el tema central del artículo el que me dejé por comentar, me metí con la periferia de mi generación, pero no ahondé en lo que venía a decir este baby-boomer de la chavalada de hoy día.

Básicamente, este hombre venía a decir que la generación Y (o milenial) no tiene la capacidad de escuchar y, por lo tanto, duda de si hace falta construir un discurso para ellos. Esto, que en el fondo es el quid de la cuestión, es lo que quiero tratar en este segundo post al respecto. ¿En serio no tenemos la función de escuchar? ¿O el problema es que no queremos escuchar lo que tienen que decir la generación de la Gürtel y el ‘milagro español de los 90’?

El otro día me fijé en el anuncio del BBVA en el que te puedes abrir una cuenta sacándote una selfie. ¡Una puñetera autofoto! Ya lo comenté en Twitter, seguro que era una ocurrencia de algún directivo para conseguir engatusar a los clientes jóvenes. “¿Qué le gusta a la muchachada, Rodríguez? ¡Los selfies! Así que hala, que se puedan abrir una cuenta con un selfie”. A mi me suena a rancio, perdonad que os lo diga. Un claro ejemplo del discurso que no quiero oír y que, incluso, me hace sentir insultado. ¿Y si el problema no es nuestro?

Luego vas viendo noticias y la cosa no mejora demasiado. ¿Cómo quieren que nos fiemos del sector de la banca cuando se dan por perdidos 60 000 millones de euros? O que en las oficinas (que poco a poco van desapareciendo) intenten endilgarte sus servicios complementarios para sacar pasta (¿he oído preferentes?). Incluso que las condiciones laborales no sean buenas para los jóvenes y acaben tirando de empresas de trabajo temporal para una labor que quieren quitarse de encima. Cuando no haya nada que hacer en una oficina bancaria o hayan sustituido los empleados por simpáticos robots (después de venderlo como innovación a diestro y siniestro) nos echarán la culpa, de alguna manera. No a los miembros de la junta con jubilaciones multimillonarias,  a los clientes, que son los culpables. Además, no sé qué dinero quieren que metamos, si no ganamos nada.

Las empresas que orientan el marketing hacia este nuevo campo de juego. Los milenials son una nueva generación de consumidores a los que podemos atacar para conseguir su dinerinchi. Empresas que tiran de esterotipos (en muchos casos mal entendidos) para intentar captar una audiencia que, al final, les da la espalda. Creo que la imagen del señor Burns vestido de Jimbo es la ilustración perfecta de estos departamentos. Tanta cháchara sobre prosumidores y demás mierdas para que al final creen un mensaje que no consigue conectar con el público objetivo. Tal vez provoque el efecto contrario.

Y, evidentemente, esto se extrapola a otros campos. La política, por ejemplo. Decía el artículo que los jóvenes no tenemos conciencia política. Tal vez el problema sea del discurso y, por encima de todo, de los actos. Los jóvenes nos sentimos desamparados y abandonados por la clase política de este país. Ni el PP, ni el PSOE tienen ideas claras de qué hacer con una generación que emigra para tener algo que llevarse a la boca como hace 50 años. Además de la propia imagen. Señores (principalmente) entrados en años que intentan decirnos cómo hacer las cosas a su manera y que así, como siempre, se solucionará el percal. Las consecuencias nos tocará pagarlas a nosotros, pero ya tal…

¿Merece la pena construir un discurso para los milenials? Ya te digo yo que no. No merece la pena. Es más, no lo hagáis. Se nota forzado cuando se hace y no queda bien. No quiero cuentas de ahorro con selfies, ni apps para todo. No quiero discursos vacíos, ni hipocresía. No me puedo creer un discurso contra la corrupción cuando se ponen trabas por todos lados porque el último caso (nunca tendrán fin) implica a un amiguete. No me puedo creer los discursos de las empresas cuando luego tratan a los empleados (y muchas veces a los clientes) como ganado o incluso peor. Tal vez no sea que los milenials no tenemos la capacidad genética de escuchar, tal vez sea que no queremos escuchar las mentiras y absurdeces que dicen desde las generaciones anteriores.