San Mamés. La Catedral. Fuente: MiAthletic.

Decepción. Eso es los UE se debe de sentir hoy en Bilbao. Ayer salió el día perfecto: sol, 30ºC, terrazas y felicidad. Bilbao estaba de fiesta, literalmente. Ya había gente borracha a las 10 de la mañana, como si no se trabajase. La ciudad vestida com sus colores, volcada con su equipo, guiada por su confianza y sus ganas de vivir, 38 años después una final europea. Una locura, deliciosa para muchos, torturadora para otros. Bilbao estaba exaltada.

Las imágenes de Pozas a rebosar, calles por las que no se podía transitar, rojo y blanco donde mirases. José A. Pérez (@mimesacojea) relataba la simpática estampa de niños con vuvuzelas bajo su ventana. El delirio. Había colegios que permitían cambiar el habitual uniforme escolar por la zamarra bilbaína. Desde primera hora se cantaba y se bebía como si no hubiera mañana. Los había que hacían preparativos para el lunes a las cuatro de la tarde, hora a la que iba a salir la gabarra. Los menos viajaron a Bucarest. Vuelos que salieron de Loiu durante los días previos e incluso de Foronda. También los hubo que viajaron a Budapest (Hungría), en vez de a Bucarest (Rumanía).

Todo ello para vivir un partido de fútbol. Una ciudad volcada, incluidas sus esperanzas en 21 hombres. Un futuro hipotecado, nunca mejor dicho, a un supuesto triunfo del Athletic. 90 minutos en vilo que se truncaron antes del 10. En menos de media hora se pasó de la euforia al abatimiento y al llanto. El equipo no supo reaccionar y cayó con estrépito en el Estadio Nacional de Bucarest. El silencio y el llanto se apoderó de los aficionados, los jugadores y la ciudad.

Yo lo viví en absoluto silencio. Viajaba de Bilbao a Granada en avión y no pude escuchar el partido. Supe del 2-0 antes de despegar y las perspectivas no eran buenas. Tras el aterrizaje, cayó el mundo de golpe. 3-0 y a casa. El equipo que supuestamente iba a reinar en Europa, al menos en parte, se sumió en un profundo llanto. El Athletic perdió su segunda final europea con contundencia. No se puede rechistar nada. No hay nada que discutir, la derrota es justa y merecida. Solo queda felicitar al campeón y volver a casa.

Pero de todo esto se puede sacar una lección. Las campanas al vuelo son peligrosas y más si son grandes. Todo lo que sube tiene que bajar y, esta vez, las campanas de la Catedral han caído sobre las que los lanzaron. Me llamaron pesimista en la previa. Desgraciadamente, el tiempo me ha dado la razón. No debemos de vender la piel del oso antes de cazarlo y tanta locura deportiva no es sana. Soy aficionado del Athletic, pero no parte de la afición, de la masa, creo que lo que ha vivido Bilbao es bonito, pero no es sano. La gente pidiendo créditos para pagar los viajes del equipo ha sido la gota que ha colmado el vaso. No hemos aprendido nada de la crisis. En Bilbao, parece ser que la gente vive por encima de sus posibilidades.