La imagen que ilustra este post es, como podéis apreciar, de Family Guy, la sitcom de animación de Fox. En un episodio, Peter Griffin entra en el noticiero local con una sección titulada ‘¿Saben lo que me saca de mis casillas?’ en la que criticaba cosas que, efecticamente, le sacaban de sus casillas. A mi también me pasa. De hecho, es algo humano que tarde o temprano le pasa a todo el mundo. Desde las pasadas elecciones del 20 de diciembre y con el reciente nombramiento de Carles Puigdemont como presidente de la Generalitat ha habido una serie de comentarios que me han sacado de mis casillas. Es uno típico y recurrente, pero que ha terminado de explotar y quiero hacer referencia a él en el blog. Hablo de esa manida frase de “gobierna X, al que no han votado“.

He decidido recurrir a mi viejo manual de Derecho Constitucional (Principios de Derecho Constitucional español. Tomo II: Instituciones políticas. Antonio Torres Del Moral. 2004. Servicio de ediciones de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid) para estos casos. En referencia a la elección del Presidente del Gobierno, dice así.

No obliga la Constitución a que el candidato propuesto sea miembro de una de las Cámaras, pero hasta ahora así ha sucedido siempre y así parece oportuno que sea en un sistema parlamentario. A mayor abundamiento, el funcionamiento del sistema político español como una democracia de partidos y la opción de la Ley Electoral en favor de candidaturas cerradas y bloqueadas en las elecciones al Congreso han determinado que los líderes de los partidos de implantación nacional encabecen una de las candidaturas, que hasta ahora ha sido siempre la de Madrid, y personalicen las elecciones. De manera que la condición de parlamentario, incluso de diputado, será seguramente la habitual en el candidato propuesto.

¿Qué quiero decir con esto? Básicamente que, en primer lugar, cualquier ciudadano que reúna los requisitos podría ser presidente del Gobierno y, en segundo lugar, que se votan listas y por lo tanto a aquellas personas que van en las mismas. Respecto a la primera cuestión, Podemos planteó investir a un presidente de consenso. Se supone que éste saldría de entre los elegidos en el Congreso, aunque legalmente pueden proponer a Bertin Osborne o Rafa Benítez (que es muy presidenciable y ahora está sin trabajo). Tan solo tiene que conseguir mayoría parlamentaria. Legalmente no tiene que ser la lista más votada o ni tan siquiera miembro de alguna de las cámaras.

El segundo tema, por contra, es el que más me enerva y saca de mis casillas. Parece que en este país hay tendencia a olvidar que votamos a una lista. No solo es eso, votamos en circunscripciones. Así que un señor de Segovia no ha votado a Mariano Rajoy o una señora de Alicante no lo ha hecho a Pablo Iglesias. La magia de la democracia española hace que el de Segovia haya dado su voto a un comisionista del Partido Popular al que investigan por delitos varios y la de Alicante a una mujer que, presuntamente, amañó las primarias en su provincia para ir en las listas al Congreso. En ambos casos, solo hay una posibilidad de abandonar el escaño: renuncia o muerte.

Así, en España se votan listas y esos representantes, a su vez, eligen al presidente del Gobierno. En teoría, estos diputados tienen total libertad para trabajar y votar lo que quieran, aunque de facto están restringidos por la disciplina del partido (que se lo digan a la CUP). Volviendo al tema de las listas, cualquiera de los que la componen podrían ser elegidos como presidentes o algo más. Así pues, sí, han votado a esa gente. Los madrileños votaron a Ana Botella para cargo electo en el Ayuntamiento, iba segunda en la lista que encabezaba Gallardón. Así pues, eso de “una alcaldesa a la que nadie votó” es mentira. Lo mismo con Puigdemont, era el tercero en la lista al parlamento catalán por la provincia de Gerona. ¡Lo eligieron! Al contrario de lo que decía Risto Mejide en Twitter.

Es posible que el sistema electoral español llegue a causar confusión. Incluso que no sea justo. También es posible que tantos años de tradiciones electorales nos hayan llevado a creer que el cabeza de lista por Madrid (o cualquier otro cabeza de lista) tenga que ser el elegido si gana. Sí, es lo lógico, lo típico y lo tradicional, pero no tiene que ser así. Vivimos una época de cambios políticos. Otro día hablaré de los pactos, el “que gobierne la lista más votada” y demás temas políticos que me sacan de mis casillas.