Desdde hace unos meses estamos siendo bombardeados por distintas entidades bancarias con anuncios y publicidad acerca del futuro del sector y las distintas ventajas que vamos a tener para poder pagar con el móvil y esas cosas tan especiales y futuristas. Desde luego, mi entidad bancaria, Kutxabank, no es una excepción y se dedica a ese tipo de comunicaciones. ¿Lo último? Una (otra) aplicación para poder pagar y recibir dinero de tus amigos sin coste alguno. Tan solo tienes que marcar su número de teléfono. También sacaron, hace tiempo, unas pegatinas con las que poder pagar con el teléfono móvil o las llaves (si la llevas ahí). ¡Toda una revolución! Que no sirve demasiado.

Ayer me sucedió una cosa curiosa. Salí de casa para acudir al II Foro de Directores de Comunicación de DirCom para adquirir conocimientos y aprovechar el networking. Cogí el autobús que pasaba en ese momento y me dejaba bastante mejor que el metro. Cuando llegué al bus me di cuenta que no llevaba cartera, pero como tenía monedillas sueltas, decidí pagar el billete e ir a Bilbao. Cuál es mi sorpresa al ver que no tenía dinero para la vuelta. 50 céntimos. El autobús (lo más barato) son 1,45€, el metro se sube al 1,75€ el billete sencillo. ¿Qué hacer?

“No pasa nada” pensé. Llevaba el móvil. Ahora todo se puede pagar con el móvil. Todo se puede hacer con el móvil. Es un elemento fundamental de nuestra vida en el siglo XXI. ¡Pues no! No puedo pagar en el transporte público directamente desde el móvil. No puedo sacar billetes en las expendoras del metro pagando con el móvil. No puedo sacar dinero del cajero con las veincinco apps de Kutxabank instaladas en el móvil. Y, lo mejor de todo, no puedo ir a pedir dinero a la sucursal central porque la línea de cajas cierra a mediodía. ¿Para qué tener abierta la oficina entonces? La revolución ha llegado, pero a medias.

Lo que me pasó le puede suceder a cualquiera. Hace unos cuantos años no hubiera habido quejas, pero ahora con todo el boom de los bancos y el querer cargarse puestos de trabajo e, incluso, las tarjetas, no tiene ningún sentido. Con lo fácil que hubiese sido mandar un código de 15 números para permitirme sacar 10€ de la cuenta tras una instrucción del móvil. O permitir el uso del NFC del dispositivo en los cajeros que emplean esta tecnología para sacar dinero… Eso en el caso de mi ex caja de ahorros (que ya me planteo cambiar), sé de sobra que en otras no hay tantos problemas. Las entidades bancarias se llenan la boca con promesas y acciones que, al final, no repercuten en lo realmente útil.

Eso también va por toda la infraestructura montada que impide ese tipo de acciones. Hablo de las canceladoras del metro o de los distintos comercios que no me dejan pagar por el móvil in situ, aunque si estuviese en la cola y comprase sus productos vía web con PayPal no encontraría ningún tipo de problema. Apple y Android preparan (o ya utilizan) sus plataformas de pago. Evidentemente el asterisco gigante al respecto es el de no disponible en España. Se van dando pasitos, pero no es nada comparable con lo que nos aguarda en unos años.

Habrá que esperar a ver qué sucede con todos estos cambios y revoluciones en la forma de consumir y gastar. Solo espero que de aquí a unos años ya pueda pagar los billetes de transporte público desde el móvil. Bueno, ya puedo, pero para eso necesito el soporte físico de la tarjeta con NFC (como el pago móvil, casualidad) y sin ella estoy vendido. Me llegué a plantear la posibilidad de pedir un Uber o un Cabify (a precio de oro por la distancia que hay desde Bilbao a mi casa) únicamente porque podía pagar online. Al final recurrí al viejo clásico de pedir dinero prestado a un amigo. Pero la de vueltas que di para poder volver a casa sin cartera. ¡Como para que me la roben!