Como ya debéis de saber, esta madrugada ha sido la gala de los Oscars en Los Ángeles. Madrugada aquí, no allí. Empezaron pasadas las dos y media de la noche y terminaron poco después de las seis. Casi cuatro horas de soporífera gala, pero que aún así no pude dejar de ver. Era de madrugada, tenía sueño, pero no quise apartar los ojos de la pantalla y dormir por ver quién se alzaba con las estatuillas de la Academia de las artes cinematográficas de EE UU .

Esa es precisamente la duda que me asalta. ¿Por qué nos enganchan tanto estas celebraciones? Muchas veces ni nos van, ni nos vienen, pero nos las comemos con patatas y tan felices. Otras son muy aburridas. Creo que esta edición es la más soporífera de los últimos años. No recuerdo algo tan malo desde aquella de Steve Martin y Alec Baldwin. La recuerdo poco. Algo parecido me pasó con la ceremonia de los Goya de este año. No la vi, entera. Solo llegué a los premios finales y a algunos chistes de Dani Rovira que, mira, no me hizo mucha gracia. Me pareció pelín soso y me dio la impresión de grillos entre el público. ¡Como en los premios de la LFP! En esa ocasión, el pobre Rovira no tuvo la culpa, el público no ayudaba.

En estos casos siempre está la eterna propuesta de ‘agilizar’ las galas. Han intentado imprimir frescura con musicales, chistes, chascarrillos y propuestas terriblemente visuales. Pocas veces lo consigue, pero seguimos ahí enganchados, pasando la noche y disfrutando del espectáculo, aunque sea un poco aburrida (como fue el caso). Anoche (o esta mañana tempranito), Susana @masqueropa comentaba qué sería de estas galas sin Twitter.

Es cierto. Poder compartir lo que se te pasa por la cabeza con todo el mundo (sea en clave de humor o seria). Es un gran aliciente. De hecho, yo estuve con la pantalla partida repartida entre la red social y la gala. Ahí reside gran parte del entretenimiento de la ceremonia. Gracias a Twitter disfrutamos de algunos acontecimientos planetarios, como Juegos Olímpicos, partidos del Mundial, la Superbowl o Eurovisión. ¿Qué tendrán estas galas que hacen que no podamos dejar de verlas? ¿Será cosa del Twitter o para poder quejarnos al día siguiente? Bueno, mientras lo pensáis, me voy a echar una siesta, que la necesito.