Existe una teoría sobre el nacionalismo que estudié en la carrera. No la recuerdo especialmente bien, pero para lo que quiero contar, me vale. Se trata de una teoría política que explica el origen de los nacionalismos y los distintos pasos que siguen todas las teorías que se pueden aplicar y se han aplicado desde siempre. Desde el nacional-socialismo alemán de los años 30 y 40 hasta el actual nacionalismo vasco o catalán. Con esto no estoy diciendo que sea lo mismo, no quiero que se me malinterprete, tan solo que según esta teoría, el origen sigue la misma estructura. Es como si fuese una obra de teatro, aunque el contenido sea distinto, el recipiente no cambia demasiado. Igual me estoy liando mucho y es peor.

Esta teoría cuenta que en todos los nacionalismos existe una época denominada ‘Arcadia feliz‘ en la que el mundo era ideal, pero un cataclismo trastoca todo y cambia el panorama. A partir de ahí, el nacionalismo busca volver a esa arcadia feliz, pero en la época en la que desarrolla esa idea política. En el caso del nacionalismo catalán, esa arcadia feliz es la época de los condados catalanes con una gran independencia del poder real aragonés. Su cataclismo (como recuerdan cada 11 de septiembre) es la caída de Barcelona en manos de las tropas borbónicas en 1714. En el caso del vasco, son los fueros y la pérdida de los mismos al final de la tercera guerra carlista.

Lógicamente, los nacionalismos evolucionan, pero mantienen ese origen. También es cierto que ninguno de los que lo promulgan ha llegado a conocer esa arcadia feliz y, por lo tanto, está mitificada. Algo parecido es lo que sucede en Twitter, ahora con la propia red social. De un tiempo a esta parte, el clima de crispación que se vive en la red de microblogging se ha elevado varios puntos. No sé si será un proceso gradual o si se trata de algo derivado de la situación política regular que llevamos teniendo unos cuantos años, pero es cierto que Twitter ya no es lo que era y los nervios están a flor de piel. Con esto no quiero hacer mío parte del discurso de Donald Trump que habla sobre la dictadura de lo políticamente corresto (es el discurso de Trump, corresto es la palabra), simplemente creo que hay demasiada susceptibilidad últimamente.

A diferencia de otros nacionalismos, en el de Twitter si que hay gente que conoció esa supuesta arcadia feliz y quiere retornar a ella porque sabe lo que fue y lo añora. Me incluyo. Esos tiempos en los que todo era bonito y feliz, éramos pocos, los temas que se trataban no tenían la relevancia que adquieren últimamente y no herías susceptibilidades cada vez que escribías algo. Era, como lo definió en su día @Cosechadel66 ,”el patio del pájaro azul”. Ya no es patio, casi parece un hemiciclo parlamentario con sus zascas, sus “y tú más” y sus cuchillos afilados esperando el mínimo desliz.

No soy el único que está desencantado con esta red en los últimos años. Sigo activo, pero ya no tanto. Empieza a dejar de ser divertido. Si bien mantengo mucha gente de los buenos tiempos y con ellos sigo teniendo buen rollo y lo paso bien, el punto de exposición al que se ha llegado con la tontería es bastante alto. Como digo, cualquier error se paga caro y parece que no puedes decir nada sin que salten cuatro o cinco personas a la yugular. Aunque tengas un mínimo seguimiento, puedes acabar siendo el blanco de las críticas.

También creo que es cosa nuestra, hemos cambiado, nos hemos radicalizado y, aunque nos olvidemos a veces de ello, contribuimos en gran medida a este nuevo uso de Twitter. Por mi parte, quiero evitarlo, quiero volver a esa barra del bar a tomar unas cervezas y pasarlo bien hablando sobre lo divino y lo humano y dejar los temas de mayor seriedad para otro lares u otros tiempos. Sí, creo que me considero un nacionalista de Twitter, que no tuitero nacionalista, ni cosas de esas. Quiero volver a tiempos mejores y esto solo lo arreglamos entre todos (punto com).